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BLOG / Vidas tristes, música hermosa

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Vidas tristes, música hermosa

Vidas tristes, música hermosa

 

Geoff Dyer recrea en su último libro episodios conocidos de la biografía de ocho leyendas del jazz

 

Geoff Dyer reconoce en el prólogo de ‘Pero hermoso. Un libro de jazz’ (Literatura Random House) que cuando comenzó a escribir este conjunto de relatos, protagonizados por ocho leyendas del jazz, no tenía clara la forma que debía adoptar. Aquellas dudas iniciales, más que un hándicap, fueron en realidad una gran ventaja, puesto que se vio obligado a improvisar. Y como bien saben los aficionados, la improvisación es una de las características esenciales de esa música llamada jazz.

Algunas de las historias aquí recogidas nacen de episodios conocidos, como la vez que un camello le destrozó la dentadura a Chet Baker, la estancia en una prisión militar de Lester Young o el ingreso en un psiquiátrico de Bud Powell. Estas anécdotas forman parte del repertorio habitual de la historia del jazz, son algo así como estándares de los cuales Dyer ofrece su propia versión: expone los hechos esenciales con brevedad (el motivo melódico) y comienza a improvisar a partir de ellos, en algunos casos alejándose del todo, como John Coltrane enfrentándose a un solo de saxo, superponiendo capas y capas de sonido hasta dar forma a una composición completamente nueva. Otros relatos ni siquiera surgen de hechos reales, son escenas inventadas que, siguiendo con el símil musical, pueden considerarse composiciones originales del autor.

Por las páginas de ‘Pero hermoso’, galardonado con el premio Somerset Maugham, desfilan también Charles Mingus, Ben Webster, Thelonious Monk, Art Pepper y Duke Ellington. Las suyas fueron vidas tristes pero hermosas, como una balada interpretada por el saxo orondo de Webster. O como la propia escritura de Dyer. El jazz proviene del blues y es esa misma tristeza, enmarcada en doce compases, la que impregna cada uno de los relatos de este libro, que se cierra con un texto imprescindible en el que el escritor británico analiza la evolución ética y estética del jazz, su tradición, sus influencias y su capacidad de innovación.

Dyer no tiene en alta estima a los críticos de jazz: “Todo lo que se ha escrito sobre jazz, con la excepción de las memorias de los músicos, podría perderse sin que por ello el patrimonio musical sufriera más que un daño muy superficial”. En su opinión, aquella sociedad imaginaria de la que hablaba George Steiner en su libro ‘Presencias reales’, en la que está prohibida toda conversación acerca de arte, música y literatura, existe: “Es un lugar real y durante gran parte del siglo XX ha sido el hogar de millones de personas. Es una república con un nombre sencillo: jazz”.

En la república del jazz sobran los críticos, basta con los músicos, porque cada interpretación es en sí misma una crítica a dicha composición. Un ejemplo: probablemente todos los jazzmen del planeta han tocado ‘Round Midnight’ de Monk. Cada nueva versión la pone a prueba, descubre si todavía puede hacerse algo con la canción. Las sucesivas versiones forman “un programa de crítica puesta en acto”. Y esta relación entre composición e improvisación “constituye una de las fuentes de la habilidad del jazz para reabastecerse continuamente”. Su capacidad para absorber la historia de la que forma parte es lo que convierte al jazz en una música tan vital.

Fotografías

Aunque, según Dyer, no abunden los textos de primer nivel sobre el jazz, defiende que pocas formas artísticas han sido mejor tratadas por los fotógrafos. Las imágenes que nos muestran a los músicos de jazz enfrascados en plena actividad nos acercan al acto de la creación artística “de la misma manera que la fotografía de un atleta nos aproxima al acto de correr”. Buena parte de los relatos de ‘Pero hermoso’ surgen de contemplar una fotografía. Las buenas fotografías, asegura, tienen que escucharse además de mirarse, porque están saturadas de sonido. Como la famosa foto de Carole Reiff de Chet Baker tocando en el club Birdland, en la que Dyer no oye solo a los músicos, también la charla de fondo del público y el tintineo del hielo en sus vasos.

¡Pobre Chet Baker! Querubín rubio de belleza desvalida, el James Dean del jazz, máximo exponente del sonido de la Costa Oeste e ídolo de millones de adolescentes a mediados de los años 50. Soplaba la trompeta de una forma tan frágil que “cada vez que tocaba una nota parecía despedirse de ella”. Pudo comerse el mundo y acabó devorado por la heroína. Si Coleman Hawkins y Lester Young, los tipos que dominaron el jazz en la década de 1930, acabaron alcoholizados, la generación de músicos que forjó la revolución bebop cayó víctima de la heroína, prácticamente una epidemia.

Algunos se desengancharon con el tiempo –Sonny Rollins, Miles Davis, John Coltrane, Art Blakey– pero la lista de quienes fueron incapaces de abandonar el caballo es interminable. La adicción a las drogas conducía directamente a la cárcel, el psiquiátrico o el cementerio. Sin elección. Tanto talento desperdiciado… El trompetista Fats Navarro murió con solo 26 años. “Cuando piensas que si Miles Davis hubiera muerto con la misma edad no habría grabado nada después de ‘The Birth of the Cool’ comienzas a intuir la magnitud de la pérdida”, se lamenta Dyer en el epílogo del único libro de jazz que el pianista Keith Jarrett recomendaría a sus amigos.

De viaje con Duke Ellington

Un viaje en coche que Duke Ellington y el saxofonista Harry Carney realizan en una de sus giras por Estados Unidos hilvana las diferentes historias de ‘Pero hermoso’. Un relato fragmentado que le sirve a Dyer para imaginar cómo se las arreglaba el célebre compositor para “escribir más horas de música que ningún otro estadounidense”. En uno de los interludios lo presenta rebuscando un papel arrugado en el salpicadero del coche, apuntando lo que recordaba de un sueño en el que se le aparecía el fantasma de Lester Young, una idea que podría aprovechar para una pieza en la que estaba trabajando.

Todo se colaba en la música de Ellington: el sonido de la lluvia taladrando el techo del coche y el viento chillando como un loco, los insectos centelleando en el aire, los faros de los vehículos que se acercaban y estallaban como fuegos ratifícales en el parabrisas… Sensaciones e impresiones que luego trasladaba al pentagrama. “Una mañana, todavía adormilado, se había descubierto tratando de orquestar el tráfico de la ciudad en hora punta”, fantasea Dyer.

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