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BLOG / Versos y ritmos en la jungla de asfalto

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Versos y ritmos en la jungla de asfalto

Se publica por primera vez en español ‘Generación Hip-Hop’, un texto fundamental para comprender el origen y la evolución de este género musical

 

Dos tocadiscos y un micrófono. Fue todo lo que necesitaron unos pandilleros del Bronx para crear un nuevo estilo musical que a finales de los años setenta abandonaría las calles de los guetos de Nueva York para conquistar el mundo. El periodista y crítico musical Jeff Chang analiza en el libro ‘Generación Hip-Hop’ (Editorial Caja Negra) los orígenes y el desarrollo una cultura que nació marginal, pero que actualmente goza de un reconocimiento masivo y cuyos hallazgos sonoros han sido adoptados por la mayoría de las producciones del pop mainstream.

‘Generación Hip-Hop’ no es solo una excelente y documentada crónica musical. Chang firma un texto fundamental para comprender además los cambios sociales y políticos vividos por la comunidad afroamericana de Estados Unidos a lo largo del último siglo. Para toda una generación nacida tras los asesinatos de Martin Luther King y Malcolm X, el hip-hop se convirtió en un signo de afirmación racial y en un vehículo para canalizar toda la rabia y la frustración acumuladas por décadas de segregación racial y el ninguneo por parte de los gobiernos neoliberales de Reagan y Bush. Pero el hip hop no era solo un puñetazo a la sociedad blanca, también era una bofetada a la pasividad de la generación negra anterior.

Todo comenzó con una decisión urbanística. Con el objetivo de transformar Manhattan en un centro de riqueza, en 1929 el constructor Robert Moses convenció a la alcaldía de Nueva York para construir una autopista que conectara directamente Nueva Jersey con el centro financiero, atravesando el corazón mismo de los distritos más alejados. El barrio del Bronx quedó partido por la mitad. Los blancos emigraron a otras zonas residenciales, las casas unifamiliares fueron reducidas a escombros y sustituidas por gigantescos bloques de viviendas de hormigón, ocupados por familias afroamericanas pobres y emigrantes portorriqueños y afrocaribeños. Fue el inicio de la decadencia del Bronx. Sin recursos, sin futuro y abandonados por las autoridades, los jóvenes del barrio formaron pandillas que sembraron la jungla de asfalto de drogas y violencia.

 

 

Musicalmente, el hip-hop hunde sus raíces en los sound systems de Jamaica, equipos de sonido móviles con altavoces enormes con los que los músicos recorrían la isla caribeña cantando sobre los problemas de la vida diaria al ritmo que marcaban los discos de reggae y dub. El DJ Kool Herc importó la idea y en agosto de 1973 organizó una fiesta en el West Bronx que se ha convertido en un mito fundacional, en el ‘kilómetro cero’ de la historia del hip-hop. Kool Herc, hijo de emigrantes jamaicanos, pinchaba una mezcla de reggae, soul y rock blanco, con un beat rápido y a menudo afrolatino. Al poco tiempo, comenzó a centrarse solo en los breaks, interludios instrumentales de bajo y percusión. La gente se volvió loca. “Lo único que querían escuchar era un break tras otro. Eso fue todo, ya no había vuelta atrás”, recuerda Herc. Y así fue como nació el hip-hop.

Los cuatro elementos

El hip-hop engloba cuatro disciplinas diferentes pero complementarias: el DJ, el MC (el rapero que escupe versos y rimas al compás de la música), el breakdance (el baile) y el grafiti (la pintura). A mediados de los setenta, las pandillas violentas estaban en decadencia y, de la noche a la mañana, la juventud del Bronx encontró en la música un asidero donde agarrarse. Tenían, por fin, una cultura propia con la que podían identificarse. Jóvenes DJ como Grandmaster Flash, Afrika Bambaataa y Grand Wizard Theodore (el inventor del scratching o el arte de girar hacia delante y atrás el vinilo para crear nuevos sonidos) llevaron las enseñanzas de Kool Herc a un nivel superior.

Hasta entonces considerado un acto vandálico, el grafiti pasó de colorear los vagones del metro y las fachadas de los edificios abandonados a decorar las paredes de las galerías de arte más exclusivas del Downtown de Manhattan. Como suele suceder en estos casos, los pioneros cayeron en el olvido y fueron otros quienes se llevaron los réditos. El grafiti fue una fuente de inspiración fundamental para pintores como Jean Michel Basquiat y Keith Haring, quienes se apropiaron de su estética para instalarse en la élite del arte contemporáneo y vender sus obras por cientos de miles de dólares.

La publicación en 1979 de Rapper´s Delight de Sugar Hill Gang fue un punto de inflexión para una escena hasta entonces minoritaria y exclusivamente negra. Por primera vez, un rap llegaba a las emisoras de radio generalistas, se catapultó al Top 40 estadounidense y luego al resto del planeta. Los directivos de los sellos discográficos cayeron en la cuenta de millones de personas podían disfrutar de este nuevo género musical y la cantidad de bandas de rap se disparó por todo el país. Todos los chicos fantaseaban en sus hogares con la promesa de obtener fama y fortuna. RUN DMC, una banda formada por tres muchachos de Queens, fue la primera en alcanzar el éxito masivo en 1986 con el álbum Raising Hell, que caló entre la audiencia blanca. Su publicación supuso el punto final de la vieja escuela (old school) del hip-hop.

 

Comenzaba una nueva etapa liderada por Public Enemy, el grupo más importante que ha dado el género, autores de discos seminales como It Takes a Nation of Millions to Hold Us Back (1988) y Fear of a Black Planet (1990). Public Enemy representaba una nueva militancia, heredera del nacionalismo negro y lucha de los Panteras Negras. Como cantaba James Brown, ellos también estaban orgullosos de ser negros y lo iban a gritar bien alto. Musicalmente, la banda era una maquinaria sónica sin fisuras, un puzzle de samples tan compacto como su mensaje fuertemente politizado. Su cantante e ideólogo, Chuck D, dejó una frase para la posteridad: “El hip-hop es la CNN de los negros”.

En los noventa, con la aparición del gansta-rap en la Costa Oeste, las rimas positivas sobre cómo educar y fortalecer el orgullo comunitario dejaron paso a la lucha de egos entre los raperos. El hip-hop también se contaminó de la cultura del individualismo, la competitividad y el consumo de la sociedad capitalista contemporánea. Ahora se trataba de demostrar quien era el gallo más fuerte del corral, y la temática de las canciones se redujo a la terna armas, coches de lujo y chicas despampanantes. Como contrapunto a este discurso machista, raperas como Lauryn Hill, Missy Elliot y Erykah Badu introdujeron la crítica feminista en el hip-hop, volviendo a enfatizar el groove en la música y el amor en sus letras.

 

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