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Un tocadiscos en el centro de tu vida

Artículo publicado en el nº de mayo del periódico BILBAO.

Un tocadiscos en el centro de tu vida

El libro ‘Lost in music. Una odisea pop’ es una de las más hermosas y sinceras declaraciones de amor al pop jamás escritas

Lost in music. Una odisea pop (Ediciones Contra) es un libro sobre lo que te pasa cuando el pop te atrapa. Y cuando lo hace con todas sus fuerzas, no solo se convierte en la banda sonora de tu vida. Se convierte en tu vida. El periodista británico Giles Smith tenía nueve años cuando el pop –personificado en Marc Bolan, de T. Rex– le agarró por las solapas y le pegó un meneo que le dejó temblando para el resto de sus días. “Es así de avasallador. Invitas al pop a pasarte por tu casa y, sin darte cuenta, te está diciendo qué ponerte y eligiendo a tus amigos”, advierte en la introducción de este libro hermoso y sincero, terriblemente divertido, con el que resulta imposible no sentirse identificado si eres uno de esos locos por la música que alguna vez soñaron con ser una estrella del rock, rasgando una raqueta de tenis como si fuera una guitarra frente al espejo de tu habitación.

El planteamiento de Lost in music. Una odisea pop es similar al de obras como Fargo Rock City de Chuck Klosterman y Mil violines de Kiko Amat: un relato confesional en el que el autor cuenta episodios de su vida a través de las canciones que le han marcado. Lo que distingue al libro de Smith de la competencia es que aúna el punto de vista del fan con la experiencia del músico. Y a diferencia de las típicas memorias de las estrellas de rock plagadas de triunfalismo, Lost in music. Una odisea pop es, ante todo, la crónica de un fracaso.

Desde pequeño, Giles Smith soñaba con ser el nuevo Sting. No es que tuviera la intención de hacer discos que sonaran como lo suyos –siempre estuvo más cerca de los Beatles que de Police–, lo que ansiaba era su trabajo, ser un músico pop famoso y disfrutar de su estilo de vida: conciertos, fans, mansiones en Hampstead, Nueva York y Los Ángeles. Por desgracia, aquel sueño no se hizo realidad. Nunca consiguió ser el nuevo Gordon Sumner. Ni siquiera el nuevo Nik Kershaw.

Se supone que el amor por el pop es algo transitorio, una etapa más de tu vida. Suele darse en la adolescencia y luego desaparecer, como el acné. Y cuando creces, lo sustituyes por el jazz, la ópera o la clásica. O, directamente, dejas de escuchar música. Pero en ocasiones, ese amor no se extingue, llega para quedarse y se transforma en una obsesión que crece y crece, como tu colección de discos. Cuando colocas el tocadiscos en el centro de tu universo, entonces estás perdido. Fue el caso de Smith. Los primeros síntomas de su enfermedad por el pop comenzaron un día de 1971 en el que Marc Bolan apareció en televisión con su pelo ensortijado, las mejillas decoradas de brillantina, su chaqueta brillante y los pantalones de raso.

Cada sábado por la mañana, acompañaba a sus padres al centro de la ciudad con la intención de encontrarse con el cantante y guitarrista de T. Rex. Sin embargo, aquel no era precisamente el mejor lugar para cruzarse con una estrella del rock. Primero, porque Bolan no vivía allí. Y segundo, porque ningún músico famoso era originario de Colchester. Lo único relevante que había ocurrido en su anodina ciudad era una anécdota apócrifa que decía que los Beatles una vez se detuvieron a comprar caramelos en un ultramarinos camino de un concierto.

Educación musical

Sus hermanos mayores se burlaban de su adoración por Bolan. Eran tres, escuchaban a Free, Led Zeppelin, Van Morrison, Bob Dylan, los Rolling Stones y tocaban en una banda local de versiones llamada Relic. A pesar de las humillaciones sufridas, reconoce que, en relación con el pop, tener hermanos mayores es una bendición: “Inundan la casa de discos y tú te conviertes en el beneficiario indirecto de un poder adquisitivo superior y gustos más maduros. Gracias a ellos conseguí escuchar Ogden´s Nut Gone Flake de los Small Faces, Surf´s Up de los Beach Boys y Can´t Buy a Thrill de Steely Dan cuando era de todas todas demasiado joven para interesarme por música tan buena como esa”. Comenzó a recibir clases de piano. Duró solo un trimestre y no consiguió aprender a leer partituras, aunque le consolaba el hecho de que Paul McCartney tampoco supiera.

Todo aficionado al pop sustituye de forma periódica los ídolos de su panteón particular. Los bajamos del pedestal y renegamos de ellos. Nuestros gustos nos definen. A medida que descubrimos nuevos artistas y cambian nuestras preferencias, aquellos discos que tan importante fueron durante una época son arrinconados en el estante inferior de nuestra colección, para impedir que un colega, mientras examina la discoteca, coja un elepé y nos pregunte: “¿De verdad te has comprado esta mierda?”.

La idolatría inicial de Smith por Marc Bolan se fue apagando y se hizo fan de 10cc, una banda de soft-rock de Manchester que alcanzó cierta fama en los 70. Durante los años siguientes, compró cada nuevo disco de 10cc, incluso cuando su música era ya indefendible. ¿La razón?: “Fue el primer grupo que vi en directo, y supongo que nunca olvidas las primeras veces. O tal vez sea el ejemplo más claro de que, a veces, las compras de discos no tienen nada que ver con la música o, en cualquier caso, la música es solo una parte lejana y casi olvidada de lo que las motivó”. Cuando explotó el punk y escuchó White Music de XTC en una tienda de discos, la banda de Andy Partridge se convirtió en su nuevo grupo preferido.

La primera (y única) oportunidad de llegar a ser el nuevo Sting llegó a mediados de los ochenta, cuando ingresó en los Cleaners from Venus, la banda de Martin Newell, un vecino que trabajaba de jardinero. A diferencia de Smith, Newell sí tenía talento para la música. Ficharon por una pequeña discográfica londinense que disponía de un estudio de mala muerte. Allí grabaron su primer álbum, Going to England, que obtuvo críticas decentes. Cuando firmaron un contrato con la filial alemana de la multinacional RCA, pensó que el sueño de su vida por fin iba a hacerse realidad. Por desgracia, tras las escasas ventas del segundo álbum, Town & Country, fueron despedidos.

Fue entonces, de regreso a casa de sus padres, recién bajado del tren de Londres, esperando un autobús bajo la lluvia, cuando Giles Smith –ahora un reputado cronista deportivo en el periódico The Times– se dio cuenta de que “se puede ser músico o fan de la música y que, aunque ambas cosas comparten numerosos rasgos distintivos y confluyen en ciertos puntos prometedoramente parecidos, en última instancia son cosas completamente distintas. Al final, descubrí en qué lado estaba y aprendí a vivir con ello”.

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