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Postpunk: los restos de un incendio

Artículo publicado en el nº de junio del periódico BILBAO.

De las cenizas del punk surgió un puñado de bandas que fue capaz de romper con todo y empezar de nuevo. Simon Reynolds lo cuenta en su libro ‘Postpunk’

En 1977, el punk ya se había convertido en una parodia de sí mismo. Su ética original enseguida quedó diluida por la estética: un desfile vacuo y supuestamente provocador de crestas e imperdibles. Se suponía que el punk iba a despertar de un bofetón a quienes todavía dormían el sueño de la contracultura hippie de los 60 y acabar, de una vez por todas, con el virtuosismo del rock progresivo. Sin embargo, aquel meteorito que pretendía borrar del panorama musical a dinosaurios como Genesis, Led Zeppelin, Pink Floyd o Emerson, Lake & Palmer apenas provocó un pequeño incendio. Al fin y al cabo, musicalmente, el punk no era más que una actualización del rock´n´roll de los 50 y el garage de los 60, pero con lenguaje soez y el volumen de los amplificadores a tope. Para algunos, aquello fue una gran estafa. En el último concierto de los Sex Pistols, un Johnny Rotten hastiado preguntó a la audiencia: “¿No tenéis la sensación de que os han engañado?”.

De las cenizas del punk surgió una generación de músicos que realmente fue capaz de romper con todo y empezar de nuevo. Entre 1978 y 1984, un puñado de bandas avivó las ascuas de aquel incendio para modificar los parámetros del rock tradicional y experimentar con nuevas fórmulas sonoras. El periodista británico Simon Reynolds hace inventario de un período tremendamente creativo y nos cuenta la historia de sus protagonistas en el libro Postpunk, publicado por la editorial Caja Negra.

Si el punk se había nutrido del proletariado, el germen del postpunk lo encontramos en las Escuelas de Arte. Los músicos eran en su mayoría jóvenes universitarios que gustaban de las vanguardias. Habían leído a Roland Barthes y Jacques Derrida, conocían el teatro de Bertolt Bretch y Antonin Artaud e hicieron suyas las enseñanzas de los dadaístas y los futuristas italianos. Frente al nihilismo de la máxima punk ‘¡No hay futuro!’, ellos afirmaban lo contrario: ‘El futuro ya está aquí, y se presenta lleno de oportunidades’. “Más que un género musical, el postpunk fue un espacio de posibilidades que engendró incontables escenas”, apunta Reynolds. Porque si algo caracterizó al movimiento post-punk fue el eclecticismo. Y también el compromiso con el cambio: la convicción de que la música debía mantenerse siempre en constante evolución para tratar de cambiar el mundo o, al menos, las perspectivas individuales.

Otro rasgo común fue su renuncia a la herencia negra del rock, extirpando cualquier atisbo de blues y apostando por la economía sonora del funk y el dub jamaicano. El foco dejó de apuntar a los Estados Unidos. Ahora el objetivo era crear una música de espíritu europeísta, basada en el legado de Kraftwerk, Giorgio Moroder, Roxy Music y la trilogía berlinesa de David Bowie. Algunos, como The Pop Group, The Fall, Wire, Gang of Four y Talking Heads, siguieron con las guitarras (afiladas, secas, sin distorsión) colgadas del cuello. Otros, sustituyeron las seis cuerdas por sintetizadores y cajas de ritmos: Cabaret Voltaire, Depeche Mode, Devo, Throbbing Gristle, Gary Numan y New Order.

Oriundos de Manchester, Joy Division fueron el paradigma de banda post-punk. Publicaron solo dos discos de estudio –Unknown Pleasures (1979) y Closer (1980)– cuya influencia se percibe en multitud de bandas actuales. Su nombre, la División de la Alegría, hacía referencia al pabellón del campo de concentración de Auswitch donde las prisioneras judías eran utilizadas como esclavas sexuales para satisfacer a los soldados alemanes que llegaban del frente ruso. Su música reflejaba el ambiente desolado y la decadencia fabril de las ciudades del norte de Inglaterra. En las letras de sus canciones, escritas por el cantante Ian Curtis, se repetían conceptos como frío, presión, oscuridad, fracaso y pérdida de control. La banda sonora del existencialismo. Tras el suicidio de Curtis, con tan solo 23 años, los demás miembros de la banda continuaron con el nombre de New Order. En un viaje a Nueva York, cayeron bajo el influjo de los sonidos bailables de las discotecas de la Gran Manzana: electro, freestyle y los ritmos post-disco que darían lugar a la música house. Abandonaron la tristeza del post-punk por el hedonismo de la pista de baile y junto al productor Arthur Baker reventaron los clubes con los maxis Confusion y Blue Monday.

Éxitos y fracasos

La mayoría de las bandas de aquella época ha caído en el olvido, apenas una nota a pie de página en las hemerotecas y un hueco en el corazón de los nostálgicos. Por supuesto, hubo excepciones. New Order cosecharon un éxito respetable durante toda la década. Contra todo pronóstico, Depeche Mode comenzaron a llenar estadios. U2, influenciados en sus comienzos por Joy Division, convirtieron el sonido de guitarra post-punk (enorme y minimalista a la vez, majestuoso pero sin pompa) en un fenómeno de masas; con su mezcla de épica y santurronería, Bono y compañía se instalaron en el olimpo del pop, del que no se han apeado hasta la llegada de Coldplay. The Cure también acusaron el influjo de los autores existencialistas, pero, en lugar de la pulsión de muerte de Ian Curtis, Robert Smith expresaba apenas desánimo y dudas. Con su gótico light de melodías pop, supieron granjearse un enorme y devoto público que han mantenido hasta el día de hoy.

Para 1984, el panorama musical se había hartado ya de tanta propuesta vanguardista, de tanto sintetizador, de tanta pose andrógina y de tanto maquillaje. La gota que colmó el vaso fue el ascenso a las listas de éxito del new pop –término acuñado por el periodista Paul Morley, del semanario New Musical Express, para englobar a bandas como ABC, The Human League y Aztec Camera– y los nuevos románticos, liderados por Spandau Ballet y Duran Duran. Los guardianes de la tradición roquera gritaron ¡basta! Había llegado la hora de que el rock recuperara su esencia, clamaron. Así que el ciclo del postpunk tocó a su fin y el péndulo de la música trazó el arco de regreso. Mientras que en Estados Unidos los fans recibían con los brazos abiertos el rock clásico de Bruce Springsteen, Tom Petty y John Cougar, en Inglaterra, The Smiths sentaban las bases de la música indie con de su álbum homónimo, de cuya publicación se cumplen ahora 30 años.

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