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Otra historia del rock

Greil Marcus traza una historia alternativa de la música pop a través de una decena de canciones

 

Existen mil maneras diferentes de responder a la pregunta ¿qué es el rock? La primera, y más evidente, es recurrir a los clásicos, a aquellos artistas que dieron forma y sentaron las bases del género: Elvis, Chuck Berry, Beatles, Dylan, Stones, Hendrix. El abecé del rock. Aunque si no indagamos más corremos el riesgo de perdernos el resto del alfabeto. La historia convencional y cronológica del rock es verdad. Pero no es toda la verdad. Las pequeñas historias que se desarrollaron en los márgenes –o que ni siquiera sucedieron y solo se imaginaron– son tanto o más interesantes que la historia oficial. Los discos que solo marcaron un hito para ellos mismos y dejaron una leve muesca en las listas o en el recuerdo de alguien revelan más del significado del rock que cualquier número uno.

En ‘La historia del rock and roll en diez canciones’ (Ediciones Contra), Greil Marcus traza una crónica alternativa de la música pop diseccionando con la precisión de un cirujano una decena de composiciones inmortalizadas por The Flamin´Groovies (‘Shake Some Action’), Joy Division (‘Transmission’), Fred Parris & The Five Saints (‘In the Still of the Nite’), Etta James (‘All I Could Do Was Cry’), Buddy Holly (‘Crying, Waiting, Hoping’), Barrett Strong (‘Money (That´s What I Want)’), The Brains (‘Money Changes Everything’), Ben E. King & The Drifters (‘This Magic Moment’), Christian Marclay (la experimental ‘Guitar Drag’) y The Teddy Bears (‘To Know Him Is to Love Him’).

Marcus se sirve de estas diez canciones, pero podría haber elegido otras diez diferentes. O seleccionado únicamente discos publicados por el sello Sun de Memphis en los cincuenta o solo discos compuestos por grupos punk femeninos de los noventa. El relato sería esencialmente el mismo, porque como dijo Pete Townshend de The Who en 1968: “Coge toda la música pop, métela en un cartucho, ciérralo y dispara el arma. Da lo mismo si las canciones suenan en términos generales igual. No te importa en qué periodo fueron compuestas ni de lo que tratan. Es la maldita detonación que producen cuando disparas el arma. Es el hecho. Eso es el rock and roll”.

Olvidémonos por tanto de la cronología, porque el rock and roll, defiende Marcus, puede inventarse en cualquier lugar y en cualquier momento, sin importar cuántas veces haya nacido antes. Por esta razón el libro se inicia con un tema publicado en 1976. Para entonces el rock podría haber parecido la misma historia de siempre. Sin embargo, con los mismos mimbres (una melodía, una guitarra aguda, un ritmo beat y una nota de bajo a punto de explotar) en ‘Shake Some Action’ todo suena nuevo, como si The Flamin´Groovies hubieran descubierto el secreto del rock y resulto su misterio en los cuatro minutos y medio que dura la canción, transmitiendo la tensión y la urgencia inherentes al rock de una manera más precisa que ninguna declaración fundacional.

Vitalidad
De eso trata el rock, de estar vivo. O de estar muerto en vida. Joy Division sustituyeron el “que te jodan” del punk por un “estoy jodido”. Incorporaron a su música el ambiente desolado y la decadencia fabril de Manchester, una ciudad muerta. En las letras de sus canciones se repetían conceptos como frío, presión, oscuridad, fracaso y desaparición. El estilo vocal hipnótico de su cantante Ian Curtis y sus bailes espasmódicos eran un reflejo de sus frecuentes ataques epilépticos. “Nos lo pasaríamos bien viviendo en la noche, abandonados a la ciega destrucción”, canta en ‘Transmission’, de 1979. Curtis se suicidó al año siguiente. “Ninguno de nosotros estaba interesado en ningún tipo de logro, en el éxito, en hacernos famosos o en ganar dinero –afirmó el bajista Peter Hook en 2013–. Era el impulso de tocar. Solo queríamos que nos oyeran”. Y vaya si les oyeron. Nunca antes una banda había sonado como Joy Division. Ahora es raro que alguna no suene como ellos.

Algunas canciones que han hecho historia han tardado medio siglo en quedar completas. Es el caso de ‘To Know Him Is to Love Him’, escrita por Phil Spector y que fue un éxito en 1958 en las voces de The Teddy Bears. Hubo que esperar hasta 2006, cuando Amy Winehouse la versionó acompañada solo por una guitarra acústica en un programa de radio de la BBC, para que cobrara sentido y plenitud, como si la canción hubiera estado esperando a aquella cantante en concreto y solo entonces estuviera respirando de verdad.

Otras, por el contrario, se escribieron en un arrebato de inspiración. Una tarde de 1959, Barrett Strong se sentó al piano, comenzó a improvisar y al cabo de un rato ya tenía lista ‘Money (That´s What I Want)’. Fue el primer hit de Motown, la discográfica que cambió el rumbo de la música negra. Los Beatles adoraban la Motown y se apropiaron de la canción para su segundo álbum. “Lo que hicieron el 18 de junio de 1963 –escribe Marcus– fue el sonido más grande que uno pudiera imaginar. No era pop. No era entretenimiento. Era sorprendente”. Suenan como una banda punk quince años antes del punk. Se nota que están disfrutando, porque sienten que en ese mismo instante se están cumpliendo todas las promesas que el rock and roll les hizo cuando lo oyeron por primera vez.

La vida imaginada de Robert Johnson
En la particular historia del rock de Greil Marcus también se incluye lo que pudo haber sido pero nunca fue. En el capítulo ‘Paréntesis instrumental’, pulsa el botón de pausa y regresa a una de sus obsesiones, el músico de blues Robert Johnson, quien murió envenenado en 1938. Su música estuvo a punto de perderse. Fue un completo desconocido hasta que el sello Columbia publicó por primera vez en 1961 sus grabaciones en el álbum ‘King of the Delta Blues’. Marcus se pregunta qué habría pasado si Robert Johnson hubiera llegado a viejo y se inventa una vida imaginada que no desmerece a la auténtica.
La ficción comienza en diciembre de 1938, cuando Johnson tomó el tren de Memphis a Nueva York para actuar en el Carnegie Hall. En la Gran Manzana grabó unas sesiones dirigidas por Louis Armstrong, con trombón y clarinete. También tocó junto a Bing Crosby. Tras la Segunda Guerra Mundial, se mudó a Los Ángeles y trabajó en el grupo de Johnny Otis, aprendiendo el negocio musical. En 1969 vio a los Rolling Stones tocar su tema ‘Love in Vain’ en el show televisivo de Ed Sullivan y enseguida supo que con las regalías iba a poder vivir el resto de su vida. Su último trabajo como productor fue en el álbum ‘Straight Outta Compton’ (1998) de los raperos Niggaz With Attitude. Y en 2012, con 101 años, acudió a una de las noches de blues que organizaba Barack Obama en la Casa Blanca para escuchar al presidente cantar el último estribillo de su canción ‘Sweet Home Chicago’.

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