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Neil Young, honestidad brutal

A punto de cumplir los 70 y alejado de los viejos vicios, el roquero canadiense ajusta cuentas con el pasado en sus memorias

 

Desde que en 2011 dejó de beber y fumar marihuana, Neil Young (Toronto, 1945) es incapaz de componer nuevas canciones. Y duda seriamente de si volverá a hacerlo en el futuro sin tomar nada. Tras la última calada, las musas se esfumaron. A la ausencia de inspiración se añadió un accidente doméstico en el que se rompió un dedo del pie y que le obligó a guardar reposo. Así que guardó la guitarra en su funda y aprovechó el asueto para sentarse frente al escritorio y redactar sus memorias, tituladas ‘El sueño de un hippie’ (Malpaso Editorial).

Quien espere encontrar una crónica detallada de su carrera artística deberá aguardar a la edición en español de ‘Shakey’, el polémico estudio de la obra del canadiense escrito por James McDonough que la editorial Contra publicará en septiembre. Porque ‘El sueño de un hippie’ no es la típica biografía de una estrella del rock. Se asemeja más al diario de una autoevaluación. Con la sinceridad por bandera, Young hace examen de conciencia, pide perdón por sus errores –“Supongo que no existe un corrector ortográfico para la vida”, se lamenta– y agradece con humildad el apoyo de todas las personas que le han acompañado en este viaje.

Al igual que en el primer volumen de las ‘Crónicas’ de su amigo Bob Dylan, la narración es elíptica y fragmentada. Sin respetar un orden cronológico, alterna de forma arbitraria los recuerdos del pasado (una infancia rural y apacible en Omemee, un pequeño pueblo de Ontario, los primeros pinitos musicales al frente de los Squires), las experiencias presentes (los viajes a Hawai para recuperarse de sus recurrentes problemas de salud) y los proyectos de futuro (el desarrollo del LincVolt, un vehículo ecológico que funciona con etanol, y la comercialización de Pono Music, un software que permite reproducir música con una calidad superior a la de los MP3). ‘El sueño de un hippie’ carece de la profundidad literaria de las memorias de Dylan, sin embargo se gana el corazón del lector gracias a su honestidad brutal, pasión y sentido del humor. Su escritura es sencilla y visceral, sin ornamentos, como su forma de tocar la guitarra.

Cuando era pequeño, Neil Young soñaba con colores. “ Y que me caía, entre otras cosas”. Con cinco años contrajo la polio. Todavía no se había descubierto la vacuna de Salk y su vida corrió un serio peligro. El tratamiento fue largo, pero funcionó y Neil salió adelante. Tuvo que aprender a caminar de nuevo. En el colegio soñaba con amplificadores y se pasaba el día diseñando todo tipo de escenarios. Siempre ha sido un obseso del sonido analógico y en el garaje de su rancho almacena una enorme colección de amplificadores de válvulas, sobre todo Fender, Magnatone y Marshall. También colecciona coches antiguos y maquetas de trenes en miniatura.

Aunque su verdadera obsesión siempre ha sido la música. Se siente afortunado de seguir tocando y grabando con Crazy Horse, la banda que le ha acompañado desde finales de los sesenta. Sobre el escenario, junto a Billy Talbot, Frank ‘Poncho’ Sampedro y Ralph Molina, Young se zambulle y se deja llevar por la energía, se pierde dentro del remolino sónico que generan las largas improvisaciones guitarreras. Entonces se convierte “en un cóndor que vuela mecido por el viento cambiante” y se dirige “a esa zona tan especial del alma donde las canciones pastan como búfalos. Veo la manada, y los pastos no se acaban nunca. Llegar ahí es la clave y Crazy Horse es el mejor modo para conseguirlo. Es el lugar que la música ocupa en mi alma”.

El Gran Espíritu

Como el viejo hippie que es, tiñe sus recuerdos de referencias místicas. No comulga con ninguna religión –las considera “productos de la imaginación del hombre”– y se define como pagano. La luna y los bosques, “donde no existe el mal”, son sus deidades particulares. Se identifica con el ritmo que posee la naturaleza y solo reconoce la existencia de un Gran Espíritu, como le gusta llamarlo, que siente “en todo cuanto me rodea, en todo lo que vive o ha vivido. Me descubro ante su omnisciencia”.

En 1966, vendió su equipo de música y se compró un Pontiac del 53. Arrancó el motor y se largó de Canadá rumbo a California, la tierra prometida, en busca de Stephen Stills, un joven guitarrista con quien había hecho buenas migas en la escena musical de Toronto. Juntos formaron Buffalo Springfield. Young se coló en Estados Unidos de manera ilegal y durante un tiempo vivió con el miedo a ser deportado. Años después, gracias a un abogado y al pago de 5.000 dólares consiguió por fin un permiso de trabajo: “No sé si era su minuta o si el dinero fue a parar a otras manos. De lo que estoy seguro es que fue capitalismo puro y duro. ¡El capitalismo mola!”.

Junto a la música, la otra gran protagonista del libro es su familia. Desde comienzos de los setenta vive en Broken Arrow, un rancho situado en el norte de California, junto a su segunda mujer, Pegi, y sus hijos Zeke (fruto de un matrimonio anterior) y Ben. Ambos nacieron con parálisis cerebral: “No podía creérmelo. No entendía cómo era posible que hubiera engendrado dos hijos con una enfermedad no hereditaria en dos madres diferentes. Aquello me desequilibró durante años”. En 1986 fundó la Bridge School, una escuela que emplea tecnología para enseñar a comunicarse a niños con discapacidades graves. Para recaudar fondos, organizó un concierto benéfico (que repite cada año) en el que participaron Bruce Springsteen, Nils Lofgren, Tom Petty y Crosby, Stills & Nash. “Son mis amigos, seguimos caminos parecidos, componemos y cantamos por todo el mundo. Somos cantautores, una especie de fraternidad silenciosa que se instala en el alma de las personas a través de nuestra música”.

Réquiem por los amigos ausentes

“Uno de estos días voy a sentarme y escribir una larga carta a todos los amigos que he conocido. Y voy a tratar de dar las gracias por todos los buenos momentos que hemos pasado juntos”, cantaba en ‘One Of These Days’, un tema de su disco ‘Harvest Moon’ (1992). Neil Young ha perdido a muchos amigos por el camino. Danny Whitten, guitarrista original de Crazy Horse, fue el primero. Aunque estaba enganchado a la heroína, quiso contar con él para la gira posterior a la publicación de ‘Harvest’ (1972). Al cabo de unos ensayos era obvio que no podía estar a la altura y fue despedido. Falleció al día siguiente de una sobredosis, y a Young todavía le carcome la idea de que su decisión pudo haber sido el catalizador de su muerte. El compositor y arreglista Jack Nitzsche, otro viejo amigo, también murió por sobredosis.
Dice que un día le gustaría escribir un libro titulado ‘Vida y milagros de David Briggs’. Briggs, fallecido en 1995 de un cáncer de pulmón, fue el productor de los mejores discos de Neil Young, “los más importantes, los que más me han acercado al Gran Espíritu. Influyó más que nadie en mi música”. Con una media sonrisa, recuerda que solía repetirle frases como “Destaca o desaparece” y “La vida es un bocata de mierda. Cómetelo o muérete de hambre”.

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